Siempre la he dado tiempo suficiente para que no se acostumbre a comerlo con prisa. Cuando termina, se tumba al lado del horno. Creo que esa parte de la cocina guarda algo más de calor en el suelo y ella lo aprovecha. Pasados unos diez minutos cojo la correa y ella se lanza hacia la puerta de casa. Una vez en el ascensor, se sienta y yo le pongo el collar.
Después paseamos. Siempre trato de evitar a otras hembras, pues a Molly no le gusta la competencia femenina y nunca tiene una buena presentación con ellas. Tampoco le gustan los perros de mayor tamaño que el suyo así que en realidad cuando digo que trato de evitar a otras hembras lo que realmente quiero decir es que trato de evitar a casi todos los perros, especialmente a las hembras.
Durante el camino ella inspecciona unos cuantos puntos clave. Ella y yo los conocemos de memoria. La primera esquina de la cafetería Maria Cristina, la puerta de la iglesia La Compañia, los contenedores de la zona del Seminario, un árbol en particular de la Plaza San Miguel, las alcantarillas del lateral del colegio Jorge Manrique y la cabina telefónica de enfrente de la pastelería Viena.
Hoy, mientras ella se entretenía olfateando sus lugares fetiche, me ha dado una existencialitis. Dudas. Miles de dudas. Todas las dudas. Sobre mi vida. Sobre mi pasado y mi futuro. Sobre su vida. Sobre nuestros pasados. Dudas sobre la muerte y sobre la vida. Dudas sobre el olor a café de las mañanas. Preguntas sin respuesta sobre esos besos que en ocasiones dejé escapar. Incógnitas. Miedos sobre la vejez, recuerdos que comienzan a difuminarse. Terroríficas hipótesis sobre la eternidad cuando a veces no me aguanto mas que un par de horas.
Muchas preguntas. Ninguna conclusión.
Volví a casa con un lío tremendo en la cabeza, amargado, derrotado, hundido. Dejé a Molly en la terraza con un mendrugo de pan duro, algo que ella siempre disfruta mucho. Después pretendió cazar una abeja. Tras dar por perdida la cacería, bebió un poco de agua y se fue a su caseta a dormir, como si nada pasara.
Ella no entiende nada. Pero creo que es feliz.
Después paseamos. Siempre trato de evitar a otras hembras, pues a Molly no le gusta la competencia femenina y nunca tiene una buena presentación con ellas. Tampoco le gustan los perros de mayor tamaño que el suyo así que en realidad cuando digo que trato de evitar a otras hembras lo que realmente quiero decir es que trato de evitar a casi todos los perros, especialmente a las hembras.
Durante el camino ella inspecciona unos cuantos puntos clave. Ella y yo los conocemos de memoria. La primera esquina de la cafetería Maria Cristina, la puerta de la iglesia La Compañia, los contenedores de la zona del Seminario, un árbol en particular de la Plaza San Miguel, las alcantarillas del lateral del colegio Jorge Manrique y la cabina telefónica de enfrente de la pastelería Viena.
Hoy, mientras ella se entretenía olfateando sus lugares fetiche, me ha dado una existencialitis. Dudas. Miles de dudas. Todas las dudas. Sobre mi vida. Sobre mi pasado y mi futuro. Sobre su vida. Sobre nuestros pasados. Dudas sobre la muerte y sobre la vida. Dudas sobre el olor a café de las mañanas. Preguntas sin respuesta sobre esos besos que en ocasiones dejé escapar. Incógnitas. Miedos sobre la vejez, recuerdos que comienzan a difuminarse. Terroríficas hipótesis sobre la eternidad cuando a veces no me aguanto mas que un par de horas.
Muchas preguntas. Ninguna conclusión.
Volví a casa con un lío tremendo en la cabeza, amargado, derrotado, hundido. Dejé a Molly en la terraza con un mendrugo de pan duro, algo que ella siempre disfruta mucho. Después pretendió cazar una abeja. Tras dar por perdida la cacería, bebió un poco de agua y se fue a su caseta a dormir, como si nada pasara.
Ella no entiende nada. Pero creo que es feliz.
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