sábado, 8 de junio de 2013

Miradas



Hay miradas que matan. Hay miradas que dan la vida. Hay miradas que cuentan historias de desamor y otras que cuentan historias de hadas en noches de champán. Hay miradas heridas y otras que hieren. Hay miradas de todos los azules del mar.

Hay miradas que tratan de descubrirte. Me encanta conectar con unos ojos que desprenden chispas, que deprenden luz de luna y rayos de sol. Hay miradas que te acarician y otras que te arañan la espalda. Hay miradas que duelen y otras que curan el alma rota. Hay miradas que miran y otras que callan.

Hay miradas oscuras. Hay miradas capaces de paralizarte y otras capaces de hacerte bailar como una marioneta, al antojo de sus hilos invisibles. Hay miradas del pasado y vistazos hacia el futuro. Hay miradas de pierdra, duras, intransigentes, que golpean con nudillos firmes. Hay miradas suaves, que abrazan, que quieren decir "no te preocupes, todo irá bien". Hay miradas sexy lady.

Hay miradas sinceras y otras que no cuentan toda la verdad. Hay miradas que fotografían los buenos momentos y miradas que olvidar. Hay miradas hasta con los ojos cerrados. Hay miradas de presunta inocencia. Miradas de miel, de arena, de chocolate, de cielo, de frutas salvajes, de barro, de polvo.

Hay miradas de náufrago.

"El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada."



domingo, 2 de junio de 2013

Vida de perro

A las 7 abro la puerta de la terraza para que la vieja Molly entre a la cocina. Siempre entra como un rayo, a pesar de su edad. Allí le espera su cuenco de comida. Antes de empezar a comer, durante un ratito, investiga que hay dentro de él y ordena mentalmente la prioridad que tiene cada uno de los alimentos y en que orden se los comerá.

Siempre la he dado tiempo suficiente para que no se acostumbre a comerlo con prisa. Cuando termina, se tumba al lado del horno. Creo que esa parte de la cocina guarda algo más de calor en el suelo y ella lo aprovecha. Pasados unos diez minutos cojo la correa y ella se lanza hacia la puerta de casa. Una vez en el ascensor, se sienta y yo le pongo el collar.

Después paseamos. Siempre trato de evitar a otras hembras, pues a Molly no le gusta la competencia femenina y nunca tiene una buena presentación con ellas. Tampoco le gustan los perros de mayor tamaño que el suyo así que en realidad cuando digo que trato de evitar a otras hembras lo que realmente quiero decir es que trato de evitar a casi todos los perros, especialmente a las hembras.

Durante el camino ella inspecciona unos cuantos puntos clave. Ella y yo los conocemos de memoria. La primera esquina de la cafetería Maria Cristina, la puerta de la iglesia La Compañia, los contenedores de la zona del Seminario, un árbol en particular de la Plaza San Miguel, las alcantarillas del lateral del colegio Jorge Manrique y la cabina telefónica de enfrente de la pastelería Viena.

Hoy, mientras ella se entretenía olfateando sus lugares fetiche, me ha dado una existencialitis. Dudas. Miles de dudas. Todas las dudas. Sobre mi vida. Sobre mi pasado y mi futuro. Sobre su vida. Sobre nuestros pasados. Dudas sobre la muerte y sobre la vida. Dudas sobre el olor a café de las mañanas. Preguntas sin respuesta sobre esos besos que en ocasiones dejé escapar. Incógnitas. Miedos sobre la vejez, recuerdos que comienzan a difuminarse. Terroríficas hipótesis sobre la eternidad cuando a veces no me aguanto mas que un par de horas.

Muchas preguntas. Ninguna conclusión.

Volví a casa con un lío tremendo en la cabeza, amargado, derrotado, hundido. Dejé a Molly en la terraza con un mendrugo de pan duro, algo que ella siempre disfruta mucho. Después pretendió cazar una abeja. Tras dar por perdida la cacería, bebió un poco de agua y se fue a su caseta a dormir, como si nada pasara.

Ella no entiende nada. Pero creo que es feliz.



martes, 28 de mayo de 2013

El primer día del resto de mi vida.

En memoria de mi amigo Edu.

Teníamos amigos en común y yo hacia mucho tiempo que no les llamaba para tomar algo y ponernos al día. Cuando llegué me di cuenta de cuanto había cambiado aquella pandilla. "Demasiadas caras nuevas" pensé. A pesar de que ocurrió hace unos cuantos años ya, puedo recordar que Edu tenía un apretón de manos firme, seguro, de esos que inspiran confianza. Un hombre dice muchas cosas con su saludo. Los hay que dejan que su mano se derrita entre los dedos de la otra persona, como si no le importase nada ni nadie y los hay como el de Edu; un saludo de hombre de palabra.

Lo primero que aprecié de él es que llevaba audífono. Nunca lo he sabido pero siempre he supuesto que había tenido problemas desde niño, ya que no siempre pronunciaba bien las palabras y algunas letras eran especialmente difíciles para él. A pesar de ello, Edu participaba en la conversación y no se intimidaba ni se escondía detrás de sus problemas. Era un tipo cabal, agradable y cariñoso.

Ironías de la vida. Edu era un tipo que sabía escuchar como nadie.

La última vez que le vi fue un día antes de que tuviera el accidente. Fue en la Calle Mayor. Hacia tanto que no le veía... Pero las cosas de la vida. Yo iba con una prisa infinita y detenerme a hablar con Edu me supondría un ¿valioso tiempo? que no podía perder. Quería saber de él pero llegaba tarde y no debía retrasarme ni cinco segundos. "Bueno, pronto volveremos a vernos, seguro".

Después de enterarme de que había fallecido su imagen me vino a la cabeza. Caminando, distraído, tan lejano a la muerte, tan inconsciente de la tragedia que le esperaba, tan tranquilo, tan como siempre. Ahora, con las cartas de la vida boca arriba, daría tanto por llegar tarde y haberme parado dos minutos a hablar con él...

Un día más tarde un imprudente conductor invadía un carril que no debía; y la vida de Edu. Nos invadía a todos los que le quisimos.

Me consuelo pensando que no sufrió.
No hubo infierno de metal, de ruidos de claxon, de motores, de cristales. No escuchó el dolor. Solo calma.

Somos muchos los que no te olvidaremos.

Por ti. Por mi. Hoy es el primer día del resto de mi vida.